Acabábamos de llegar a Phnom Penh, la caótica capital de Camboya. Atrás quedaban los días apacibles, en los que recorrimos las ruinas de Angkor Wat en Siem Reap, y descansamos a la orilla del Río Mekong, en Kratié. Tras un trayecto de 5 horas en minivan, la ciudad nos recibió con ruido, suciedad y fuertes olores. El calor se pegaba a nuestra piel en aquella húmeda mañana, haciendo que las mochilas nos pesaran aun más.

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Con este panorama, no fue una casualidad que eligiéramos un alojamiento situado justo al lado de un bar con una amplia happy hour. No sabíamos el tiempo que nos quedaríamos en la capital, pero si sabíamos que queríamos hacer un par de visitas para que Marijke pudiera seguir dejando una huella sostenible; y teníamos una idea clara de lo que queríamos ver: el Palacio Real… y las sombras de los jemeres rojos, uno de los mayores genocidios en la historia reciente de la humanidad.

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El Palacio Real: Un lugar donde la riqueza duerme rodeada de pobreza

Sí. Hasta ese momento habíamos conocido la cara más famosa y agradable de Camboya, ahora teníamos por delante conocer la parte más horrible y actual.

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Exterior de Tuol Sleng, cuyo nombre en clave era S-21. Era una escuela convertida en centro de interrogatorios donde se condenaron a más de 12.000 personas. Hoy en día es un museo de visita obligatoria

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En este cartel se puede leer: “Árbol con el que se ejecutaban a los niños (golpeándolos contra él)”

Visitar la escuela y los campos de exterminio, es algo para lo cuál no se puede estar preparado. Son de estos lugares en los que se te corta la respiración. Parece que todo se detiene. Y por mucho que lo pienses no encuentras una explicación.

Estas sensaciones junto con el calor, provocaron que sólo hiciéramos visitas por las mañanas y en días alternos. El resto del tiempo lo pasábamos en el bar feliz, por lo que al tercer día ya éramos habituales.

Phnom Penh de día…

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Y de noche.

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Una de las cosas de las que te das cuenta al poco de estar en Camboya es que no hay apenas personas mayores, ya que casi todos cayeron durante el genocidio de los jemeres rojos.

Sentado en el bar, me detuve a observar a un vendedor ambulante de avanzada edad que de vez en cuando pasaba por ahí. Sentía una gran curiosidad sobre su vida e historia. Quería hablar con él, pero no sabía cómo hacerlo. Un día le pedí que nos enseñará su mercancía. Y le prometí que compraría algunos de los artículos que vendía. Sin regatear. Pero con una condición: que me permitiera invitarle a una cerveza y tener una conversación sobre lo que él quisiera hablar.

Al principio parecía no entenderme, pero cuando le sonreí mientras señalaba la silla, asintió y se sentó.

“Hola, me llamo Om Kessara, y quisiera tomar la cerveza que este joven me ha ofrecido” – le dijo a la camarera tras acomodarse y dejar su sombrero sobre la mesa.

Aquí comienza la historia de un superviviente al genocidio de los Jemeres Rojos. Si tienes una cerveza a mano, te sugiero que la abras y te sientes con nosotros.

Om Kessara: La historia de un superviviente al genocidio de Camboya

Om Kessara nació en la década de 1940, durante los últimos años del dominio francés que acabó en 1953. No nos habló sobre las dificultades de crecer en un país como Camboya. Nos habló sobre hospitales y progreso. Sobre escuelas y carreras. Sobre cómo los niños estudiaban francés e inglés. Sobre cómo era crecer en un país con posibilidades. Su familia tenía tierras, por lo que tenía una buena vida casi asegurada. Pero todo se torció de repente, cuando Camboya tuvo que tomar parte en un contexto político bastante complejo.

Entonces, nos habló de conspiraciones. De cómo la CIA intentó atentar contra la vida del Rey en varias ocasiones. Estando entre la espada y la pared, o entre USA y China, eligió apoyar al vecino asiático… Tras años de pasividad, y más por cercanía que por ideología. Fueron los momentos previos a la guerra civil.

Tras un golpe de estado por parte de los militares en 1970, surgió un nuevo gobierno afín a los ideales americanos. Prueba de ello fue el visto bueno que dieron para realizar bombardeos en la frontera entre Camboya y Vietnam. Durante casi 5 años, estos bombardeos no fueron noticia, sino una situación normal. En total murieron más de 600.000 locales. Complicidad a cambio de “cash”.

Los dólares fluían por las manos de los militares, quienes se convirtieron en la ley y orden. Y transformaron su poder en avaricia y corrupción. Nos contó que en una ocasión estaba en un restaurante cuando unos militares entraron y se sentaron en la siguiente mesa. Comieron y cuando el camarero les trajo la cuenta, dijeron que no tenían dinero, pero que podrían pagarles en munición. Un oficial sacó una Granada y la puso sobre la mesa mientras sonreía. El camarero, aterrado, agradeció a los militares el haber elegido su restaurante y les informó de que por supuesto, estaban invitados.

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Ante esta situación, pareció buena la llegada de los Jemeres Rojos. Era un grupo guerrillero local liderado por Pol Pot y apoyados por el antiguo monarca, que se hizo con el poder en 1975. Poco duró la alegría, ya que el verdadero horror estaba por llegar.

Los militares y simpatizantes del régimen militar fueron encarcelados, junto con profesores, doctores y cualquier persona que fuera diferente o destacara intelectualmente. Casi todos ellos fueron ejecutados.

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Al resto de población los dividieron entre guerrilleros y campesinos. Por suerte o por desgracia, a nuestro amigo Om le ofrecieron un arma. A partir de aquí, sus historias se vuelven confusas. Cómo si de recuerdos suprimidos se tratara.

Conversaciones que te hacen un nudo en la garganta

Me sorprendió (e incluso descolocó), la forma con la que sonreía, cuando entre sorbo y sorbo, comenzaba sus historias con “recuerdo esa otra vez el que estuve a punto de morir cuando… “.

Primero cuando trató de escapar de los Jemeres Rojos. Consciente del poder y el miedo que los militares levantaban, decidió “secuestrar” un autobús diciéndole al conductor que tenía un mensaje urgente y privado, que debía entregar al General en la siguiente ciudad. Sabía que si dudaban de él lo más mínimo estaba acabado. Pero funcionó. Y luego tomó un coche con la misma excusa, y luego otro, y luego otro… hasta que sintió que estaba tan lejos que no tenía que escapar más. Se equivocó. Algo así no pasó desapercibido, y a pesar de haberse deshecho de su uniforme e integrado en una comunidad agrícola, lo encontraron. Y sabía cuál sería su pena.

Om terminó esta parte de la historia con la mirada perdida. Parecía buscar una explicación en aquella locura… o quizás se estaba preparadando para lo que estaba a punto de contar:

“Recuerdo esa otra vez en la que estuve a punto de morir cuando aquel militar me miraba fijamente mientras me apuntaba con su arma. Por un momento nos rompimos los dos. Yo no quería morir. Él no quería matarme. Y todo aquello era un sin sentido. Aun no comprendo por qué. En lugar de poner una bala en mi cabeza, o acabar conmigo con un palo, decidió darme la palabra clave. El salvoconducto, con el que podría entrar en la siguiente ciudad, y gracias a la cual pude obtener la siguiente palabra, y al poco la próxima. Y así seguí, hasta que llegué a un lugar en el que tardé varias semanas en enterarme de que la guerra había acabado”.

El genocidio terminó en enero de 1979, con la llegada del ejército vietnamita. Om Kessara tuvo mucha suerte, pero su vida fue lo único que salvó, ya que por el camino perdió a todos sus familiares y amigos, sus posesiones y todo su dinero. Ahora se dedica a vagar por Phnom Penh revendiendo artesanía.

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Monumento a los caidos. El interior está lleno de calaveras y otros restos fósiles

En un país en el que pilares tan fundamentales como la educación o la sanidad, dependen de donaciones extranjeras, me quedaba un último interrogante aún por plantear: “¿Qué futuro crees que les espera a los jóvenes en Camboya?”

“La juventud está pérdida. Han crecido sin valores y la mayoría de personas que podrían enseñarlos murieron durante la guerra. Camboya fue un gran país. Pero nos fue arrebatado por la corrupción, avaricia y locura de unos pocos. Y ya nunca podremos recuperarlo”.

Om Kessara nos dedicó una última sonrisa. Pero esta vez escondía una mezcla de indignación y tristeza.

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[Para mi madre: ésta es la historia detrás del monedero que te regalé]